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El tesoro de Bubierca

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Ni uno solo de los invitados a esa secreta reunión tenía duda alguna de que Martín era una persona soñadora. Sin embargo, los siete habían acudido a la casa del primero llevados por la curiosidad tras saber que el miércoles anterior Martín había obtenido un buen pago por aquella roñosa moneda que siempre mostraba a cualquier forastero que pasase por el pueblo.

En efecto, tras observar durante todo el día a aquel extraño extranjero de suave acento, lo abordó.

Ya perdonará si le molesto, pero creo que tengo algo que le puede interesar.

Juan Bautista Lavagna, que así se llamaba el misterioso portugués, dudó por un momento. Enfrascado como estaba en escribir en uno de sus cuadernos de campo todo aquello que precisaba recordar de lo visto ese día para elaborar el encargo que le llevó a pernoctar en Bubierca, pensó que tendría que soportar otro de tantos campesinos que le habían abordado en decenas de otros pueblos en las últimas semanas para intentar venderle algún pedrusco de colores sin valor alguno. Resignado, levantó la cabeza y se encontró, como esperaba, la mirada insistente de unos ojos negros difícilmente distinguibles en la penumbra de la sala de la posada por su escaso contraste con lo moreno, casi negro, de la tez de su cara. Con una elevación de sus cejas, Lavagna dio a entender al desconocido que podía hablarle al tiempo que el mismo gesto transmitía que fuese breve, que estaba bastante cansado y que no soportaría muchos rodeos. Ciertamente, el cosmógrafo portugués acusaba la fatiga de los muchos días que llevaba recorriendo los pueblos de la comarca de Calatayud como parte de su trabajo, encargado por el Rey Felipe III, para la elaboración del mapa del Reino de Aragón. Sin ir más lejos, había llegado a Bubierca esa misma mañana procedente de Godojos. Y tras pernoctar esa noche en la posada de Bubierca pretendía subir al día siguiente al cerro más alto del lugar, donde se encontraba una ermita dedicada a San Gregorio, para lanzar con sus instrumentos unas visuales a otros puntos elevados de pueblos cercanos, calculando así distancias y orientaciones para su mapa.

No le voy a entretener por mucho tiempo, Excelencia.

Martín Abarca utilizó tal lisonjero atributo esperando captar mejor la atención del forastero. Solo consiguió generar una mueca en los labios de Lavagna que sin duda iría a ser seguida por un déjeme en paz. Sin dar tiempo a que eso se produjera, depositó sobre la mesa tres monedas algo desgastadas. La rápida acción surtió efecto, bien sabía Martín que o haría; el oro y la plata despiertan el interés de cualquiera. Ese viajero no iba a ser diferente.

Las tres monedas eran de material distinto. La mejor conservada era de oro, otra de plata y la tercera de algún metal o aleación que por su desgaste era difícil adivinar.

No tardó el visitante en centrar toda su atención en la moneda de oro. La tomó y posó sobre la palma de su mano izquierda. Para cuando introdujo su mano derecha en un zurrón con libros que tenía sobre la mesa, ya era consciente de que se hallaba ante una moneda acuñada en la época romana.

¿Dónde ha encontrado esto?

Mientras esperaba la respuesta, extrajo un libro a primera vista muy gastado por su uso. Se trataba de un compendio numismático que siempre llevaba consigo en sus viajes. La geografía era su profesión. Pero la numismática era una de sus pasiones.

En la huerta, mi Señor.

Ya no necesitaba más adulaciones. Lavagna ya no le prestaba atención, todo su interés estaba puesto en comparar el anverso y reverso de la moneda con los dibujos que aparecían uno tras otro al pasar página tras página del libro. De repente se detuvo en una página y lo cerró rápidamente. No quería que el lugareño llegase a ver que el dibujo contenido en ella era exactamente el mismo diseño grabado en la cara de la moneda. Era indudablemente un Pertinax de oro acuñado durante el periodo en que gobernó el imperio romano el Emperador de ese nombre en el siglo III.

Preguntó de nuevo dónde la había encontrado. Obtuvo la misma respuesta.

Por lo que he podido ver hoy, este pueblo tiene mucha huerta. ¿en que corro de huerta la encontró exactamente?

En la mía.

Es parco en palabras este hombre, me va a costar un buen trabajo entenderme con él, pensó. Iba a ser cosa de echarle tiempo y paciencia. Invitó al hombrecillo a sentarse frente a él, al otro lado de la mesa y pidió al posadero que trajera más vino y otro vaso.

Dígame, buen hombre, ¿cómo se llama?

Martín, Señor, Martín Abarca me dicen.

Muy bien Martín, ¿en qué paraje me dice que queda esa huerta suya?

En Santa Catalina.

El posadero depositó una jarra de vino en la mesa. Lavagna sirvió vino en el vaso que le habían traído a Martín. Una gota más y habría rebosado. Martín dio buena cuenta de un solo trago de la mitad de lo servido.

¿Y queda muy lejos ese lugar?

¡Que va!, está muy cerca del pueblo, a unos cien pasos cruzando el río por las pasaderas. Dicen que antiguamente, hace muchos siglos, hubo un poblado allí, aunque por lo poco que se adivina tendrían que ser unas pocas casas y muy endebles porque ahora todo eso son huertas. Allí lo único que hay en pie es el palomar, junto a Fuengernaldo.

Ya se le iba soltando la lengua a Martín.

¿y además de estas monedas, ¿han aparecido algunas más por ese lugar?

Si que aparecen y más que me parece que debe de haber, pero casi todas están muy desgastadas y roñosas, en estas que le traigo es en las que mejor se ve lo grabado.

Lavagna ojeó rápidamente las otras dos monedas. En la de plata solo se conseguía ver una cuadriga en su anverso y un texto ilegible.

En la otra no se conseguía apreciar nada en ninguna de sus caras.

Supongo que me las ha mostrado por si se las quiero comprar. Solo me interesa la de oro. ¿Cuánto pide por ella?

Yo no sé lo que puedo pedir, usted sabrá mejor cuánto me puede ofrecer.

Parecía corto de luces el Martín, pero buen pellizco me ha sacado por la moneda, pensó Lavagna tras una prolongada negociación en la que el precio iba subiendo progresivamente a pesar de que el vino en la jarra iba menguando al mismo ritmo.

Al despedirse tuvo una feliz idea. Puesto que tras concluir su trabajo debería pasar por Bubierca de regreso a Madrid, le dijo a Martín que preguntaría por él por si encontraba alguna moneda más.

Ya solo en su cuarto, Lavagna anotó en uno de sus cuadernos que aquel miércoles 16 de febrero de 1611 adquirió un Pertinax de oro hallado en lo que pudo ser una villa romana cerca del pueblo de Bubierca.

Tal como tenía previsto, al día siguiente subió a la ermita de San Gregorio y continuó su periplo por la comarca.

Estimulado por lo obtenido a cambio de la moneda y por las últimas palabras del forastero, Martín pasó la noche entera en un duermevela esperando el amanecer para ir a su huerto en Santa Catalina a cavar en busca de monedas. Al alba había recapacitado. No era conveniente precipitarse. Su corro en Santa Catalina era solo un pedazo de la zona en que solían encontrarse esas piezas llenas de herrumbe. A ver si alguno de las huertas vecinas le veía excavar, se ponían a hacer lo mismo y aparecía algo en la tierra de otro y nada en la suya.

De algún modo debería de organizar a todos los que tenían huerto cerca del suyo para buscar todos a una y repartir las ganancias. Sin embargo, debía ser discreto. Si alguno de los curas, infanzones y demás mandamases del pueblo, en especial del codicioso y peligroso Jayme Castejón, notario y al mismo tiempo familiar de la temida Inquisición, se enteraba del asunto, todo se complicaría.

Durante los días siguientes, haciéndose el encontradizo con sus vecinos de huerta, les fue contando lo ocurrido en la posada y convocándoles a la reunión secreta en su casa, en el barranco de San Miguel.

La reunión fue corta; no necesitó mucho esfuerzo para convencerles de que obrasen en conjunto. Simplemente elaboraron un calendario de los días en que se encontrarían para excavar a muy primera hora del día en la penumbra.

Fueron transcurriendo los días sin hallazgo alguno. Ya estaban por desistir cuando el día de San José, el 19 de marzo. Como si el Santo les iluminase, un golpe de azada dio con un cántaro de barro. Al extraerlo e inspeccionar su interior, tuvieron que contener sus ansias de dar gritos de alegría, se abrazaron y repartieron el botín. Solo quedaba esperar el regreso del viajero portugués.

Pasaban los días y las semanas y Lavagna no asomaba por Bubierca. “¿Cuándo dijo que volvería ese viajero?”, preguntaban una y otra vez sus colegas del hallazgo. “No me dio fecha”, era siempre su respuesta.

A principios del mes de mayo Lavagna emprendió regreso a Madrid desde Zaragoza. No había concluido su trabajo; tuvo que encargar que lo finalizase uno d sus colaboradores. El Rey lo reclamaba para encargarle la educación del príncipe. Había olvidado por completo lo prometido a Martín cuando las inclemencias del tiempo le llevaron a tener que pernoctar por varias noches en Bubierca dado que el Camino Real estaba intransitable por el temporal que azotaba la zona

Durante esos tres días fue recibiendo a cada uno de los hortelanos que hallaron el tesoro. En su cuaderno de viaje fue dibujando y catalogando un total de 41 monedas, aquellas que todavía se podían identificar de las 68 que componían el tesoro de la vasija.

Del destino final de esas monedas nada se sabe. Tan solo se cree que el Pertinax de oro es el que se encuentra en un museo de Portugal. Lo que sí está claro es que a ese grupo de bubiercanos les vino muy bien el dinero obtenido de su hallazgo.

Siglos después, durante la construcción de la línea ferroviaria en la década de 1860, se encontró en ese paraje de santa Catalina una moneda con la efigie de Nerón.

Ya en el siglo XX hasta la actualidad ha sido frecuente ver forasteros con detectores de metales por esa zona. Que nadie lo intente. Por un lado porque la Ley prohíbe el expolio arqueológico. Por otro lado porque los dueños de esos huertos, hartos de que les revolvieran la tierra, se dedicaron a enterrar chapas de botella para desesperación de tales buscadores de monedas.

Fuentes:

  • JESUS CARLOS SÁENZ PRECIADO y ADRIÁN CORDÓN ZAN: El tesoro de áureos del Siglo III hallado en 1611 en Bubierca (Zaragoza). Reconstrucción a partir de la información proporcionada por Joao Baptista Lavagna. 2023.

  • Actas Notariales del Notario Real de Bubierca Matín de Lezuán del año 1597. Biblioteca de las Cortes de Aragón. Palacio de la Aljafería. Zaragoza.

  • Itinerario Lavagna J. B., Itinerario del Reino de Aragón. Institución Fernando el Católico. Diputación Provincial de Zaragoza.

© Rodolfo Lacal Pérez

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